Hay obras que captan nuestra atención en segundos y no podemos evitar quedarnos anonadados observándolas durante tiempos indeterminados y otras que apenas conseguimos mirar unos segundos. Algunas nos emocionan aunque no sepamos explicar muy bien por qué, mientras que otras provocan justo lo contrario: incomodidad, rechazo o incluso risa. Una cara mal proporcionada, un paisaje imposible, una perspectiva que parece desmoronarse o una combinación de colores que no debería funcionar pueden ser suficientes para que decidamos, casi instantáneamente, que estamos delante de algo “malo”.

El problema aparece cuando volvemos a mirar.

Porque si una obra consigue que nos detengamos una segunda vez, que discutamos sobre ella, que intentemos entender qué ha ocurrido o que terminemos sintiendo incluso cierto cariño por aquello que al principio nos parecía espantoso, quizá definirla simplemente como “mala” empiece a quedarse corto.

En Boston existe un museo construido alrededor de esa contradicción. Se llama Museum of Bad Art, o MOBA, y aunque su nombre podría hacer pensar en una broma, lleva más de tres décadas coleccionando, conservando y exponiendo obras que probablemente nunca encontrarían espacio en un museo convencional.

Y todo empezó con un cuadro encontrado en la basura.

Lucy estaba esperando junto a la basura

En 1993, el comerciante de antigüedades Scott Wilson encontró en Boston un cuadro abandonado entre objetos destinados a desaparecer. Era el retrato de una mujer sentada en una silla, rodeada por un campo de flores. El cuerpo parece avanzar en direcciones extrañas, la expresión resulta difícil de descifrar y hay algo en toda la composición que no termina de funcionar, pero que tampoco resulta fácil ignorar.

La pintura no estaba firmada y hoy se conoce como Lucy in the Field with Flowers.

Wilson pensó inicialmente en quedarse con el marco y deshacerse del cuadro, pero sus amigos Jerry Reilly y Marie Jackson consiguieron convencerlo de que aquella pintura tenía algo que merecía sobrevivir. De esa decisión nació el Museum of Bad Art.

La primera exposición del museo se celebró en marzo de 1994 y, durante sus primeros años, la colección llegó a mostrarse en el sótano de una vivienda privada. Con el tiempo fue creciendo hasta reunir cerca de 900 piezas, aunque solo una parte se expone públicamente. Su galería se encuentra hoy dentro de Dorchester Brewing Co., en Boston, una ubicación bastante poco convencional para un museo y, al mismo tiempo, extrañamente apropiada para uno que nunca ha pretendido comportarse como los demás.

Lo interesante es que MOBA no nació para ridiculizar a personas que no saben pintar. Su propio funcionamiento deja bastante claro que la intención es otra.

Ser malo no es suficiente

Entrar en el Museum of Bad Art no resulta tan fácil como podría parecer.

El museo rechaza obras.

De hecho, muchas de las piezas que recibe terminan formando parte de lo que denomina su Rejection Collection. Entre los motivos aparecen que una obra no sea suficientemente original, que no resulte interesante, que sea simplemente kitsch, que proceda de un kit de pintura por números, que sea trabajo infantil o que se parezca demasiado a otras piezas que ya forman parte de la colección.

Es decir, ser malo no basta.

Una obra necesita tener algo más. Puede ser un error extraño, una composición imposible, una técnica aplicada con una seguridad que el resultado no parece justificar o una idea que se ha desviado completamente de aquello que probablemente pretendía ser. Tiene que existir algún tipo de personalidad en el fracaso.

Y ahí aparece una de las contradicciones más interesantes de MOBA: incluso un museo dedicado al mal arte necesita ejercer el gusto.

Alguien tiene que decidir qué obra merece entrar y cuál no. Alguien tiene que mirar dos cuadros aparentemente terribles y concluir que uno merece conservarse y el otro no.

La pregunta entonces deja de ser únicamente qué convierte algo en mal arte. Empieza a ser quién tiene derecho a decidirlo.

El problema de llamar feo a algo

La belleza parece una palabra muy segura hasta que dos personas miran la misma cosa.

Alguien puede entrar en una iglesia barroca y sentirse completamente abrumado por su belleza, mientras que otra persona ve únicamente exceso. Un visitante puede quedarse durante veinte minutos delante de un cuadro abstracto y otro no entender por qué aquello está colgado en una pared. Una obra puede ser técnicamente impecable y no provocarnos absolutamente nada, mientras que otra llena de defectos puede quedarse en nuestra memoria durante años.

Nuestra forma de mirar nunca llega vacía.

Está condicionada por lo que conocemos, por aquello que hemos visto antes, por nuestra educación, nuestra cultura, nuestros recuerdos y nuestras propias preferencias. Incluso por el momento en el que nos encontramos cuando tenemos la obra delante.

Por eso resulta tan difícil establecer una frontera definitiva entre lo hermoso y lo horrible.

La historia del arte está llena de obras, artistas y movimientos que fueron rechazados, ridiculizados o considerados vulgares antes de convertirse en referencias fundamentales. Eso no significa que todo aquello que hoy nos parece malo vaya a ser reivindicado algún día, pero sí demuestra que el gusto nunca permanece completamente quieto.

El Museum of Bad Art lleva esa inestabilidad hasta un extremo bastante inteligente.

Selecciona una obra porque considera que ha fracasado de alguna manera, pero después hace exactamente lo que haría cualquier otro museo con algo que considera valioso: la conserva, la cataloga, la ilumina, escribe sobre ella y la coloca delante de un público.

Lo que aparentemente era un fracaso termina recibiendo todas las herramientas que utilizamos para conceder importancia.

El marco también cambia lo que vemos

Hay algo que ocurre cuando un objeto entra en un museo.

Miramos de otra manera.

Una pintura que quizá ignoraríamos en un mercadillo empieza a exigir más atención cuando aparece colgada en una pared blanca, acompañada por una cartela y protegida por una institución. Nos acercamos, buscamos detalles, intentamos comprender la composición y tratamos de encontrar una explicación.

MOBA juega continuamente con ese mecanismo.

Las obras de su colección aparecen acompañadas por textos que interpretan sus supuestas complejidades con un humor deliberadamente exagerado. Pero detrás de la broma existe una pregunta bastante seria: cuánto de aquello que pensamos sobre una obra procede realmente de lo que estamos viendo y cuánto depende del contexto en el que nos han enseñado a verla.

Si exactamente la misma pintura estuviera colgada en un museo prestigioso y atribuida a un artista reconocido, ¿nos reiríamos igual?

Probablemente no.

Intentaríamos encontrar una intención.

Buscaríamos referencias.

Quizá incluso acabaríamos justificando algunos de sus defectos como decisiones deliberadas.

MOBA obliga a mirar ese mecanismo desde fuera y, en cierto modo, convierte al propio museo en parte de la obra.

Cuando el fracaso tiene personalidad

Hay otra cosa que hace especialmente atractiva su colección: muchas de las obras fueron creadas con absoluta sinceridad.

Alguien quiso hacerlas bien.

Y eso cambia completamente la manera de observarlas.

Existe algo profundamente humano en la distancia entre aquello que imaginamos y lo que finalmente conseguimos hacer. Una idea puede ser perfecta dentro de nuestra cabeza y convertirse en algo completamente distinto cuando intentamos materializarla.

Cualquiera que haya creado algo conoce esa sensación.

Una fotografía que parecía extraordinaria antes de pulsar el disparador. Una frase que sonaba perfecta hasta que apareció escrita. Una pintura que nunca llegó a parecerse a la imagen que la persona tenía en mente.

Crear significa aceptar también la posibilidad del fracaso.

Los grandes museos suelen conservar aquello que sobrevivió a todos esos filtros. Las obras que fueron seleccionadas, reconocidas, vendidas, estudiadas y finalmente legitimadas.

MOBA conserva algunos de los intentos que se desviaron por el camino.

Y quizás sea precisamente esa imperfección lo que consigue que algunas de sus piezas resulten tan cercanas.

¿Puede gustarnos el arte malo?

Por supuesto.

Porque “bueno” y “me gusta” nunca han significado exactamente lo mismo.

Podemos reconocer que una obra tiene una técnica extraordinaria y no querer verla nunca más. También podemos enamorarnos de algo que sabemos que está lleno de errores.

Puede hacernos reír.

Puede recordarnos a alguien.

Puede tener una combinación de colores que, por alguna razón, nos resulta irresistible.

Puede simplemente ser tan extraña que no conseguimos olvidarla.

El gusto no funciona como un examen.

Y ahí está probablemente una de las claves del Museum of Bad Art. No intenta demostrar que todas sus obras sean secretamente magníficas ni convertir a sus autores en genios incomprendidos. Tampoco necesita hacerlo.

Su existencia es suficiente para recordar que incluso aquello que consideramos malo puede tener valor.

No necesariamente valor económico.

Ni histórico.

Ni académico.

A veces simplemente el valor de provocar una reacción.

Un museo bastante más serio de lo que parece

La broma funciona precisamente porque MOBA se la toma muy en serio.

Tiene colección permanente, criterios de adquisición, obras rechazadas, publicaciones, exposiciones y comisariado. Su colección ha crecido durante más de treinta años hasta acercarse a las 900 piezas.

Hay algo bastante maravilloso en imaginar una pintura que no ha conseguido entrar en un museo convencional y que tampoco logra superar los criterios del Museum of Bad Art.

Demasiado mala para un museo.

Pero quizá no suficientemente interesante para un museo dedicado precisamente al arte malo.

La paradoja resume perfectamente el problema del gusto.

Siempre hay alguien mirando.

Siempre hay alguien decidiendo.

Mirar sin saber de antemano qué debemos sentir

Quizá el Museum of Bad Art sea más interesante cuando dejamos de pensar en él como una colección de cuadros malos y empezamos a verlo como una especie de experimento sobre nuestra propia mirada.

No nos dice qué es buen arte.

Tampoco podría hacerlo.

Podemos estudiar composición, perspectiva, anatomía, color, técnica, contexto histórico y materiales. Podemos explicar por qué una obra fue innovadora o por qué otra resulta importante dentro de un determinado movimiento. Todo eso nos ayuda a entender mejor lo que tenemos delante.

Pero comprender una obra y sentir algo por ella siguen siendo dos cosas distintas.

Hay pinturas perfectas que no nos dicen nada.

Y hay imágenes completamente imperfectas que no conseguimos olvidar.

Tal vez por eso Lucy in the Field with Flowers sigue siendo una buena manera de explicar todo el museo.

En 1993 alguien la dejó junto a la basura pensando que ya no tenía ningún valor. Otra persona la miró y decidió que merecía seguir existiendo.

Más de treinta años después, sigue colgada en una pared y todavía hay gente que se detiene delante de ella.

Quizá la belleza no consista siempre en estar bien hecho.

A veces puede consistir simplemente en conseguir que alguien vuelva a mirar.