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Elsa von Freytag-Loringhoven

Artista, poeta y pionera del Dada estadounidense

La mujer que vivió Dada

La mujer que vivió Dada

Durante décadas, Elsa von Freytag-Loringhoven ocupó un lugar extraño en la historia del arte: estuvo allí, en pleno nacimiento de la vanguardia neoyorquina, escribió, creó objetos, hizo de su propia apariencia una forma artística y fue considerada una pionera del Dada estadounidense. Sin embargo, su nombre quedó mucho más difuminado que el de otros artistas de su círculo. Hoy vuelve una y otra vez por una razón especialmente incómoda: algunos investigadores creen que pudo estar relacionada con Fountain, el célebre urinario de 1917 atribuido a Marcel Duchamp.*

Pero reducirla a esa controversia sería volver a perderla.

Elsa nació en 1874 en Pomerania, entonces parte del Imperio alemán. Su juventud estuvo marcada por una vida familiar difícil*, estudió arte en Dachau y pasó por diferentes ciudades europeas y estadounidenses antes de establecerse en Greenwich Village, Nueva York, en 1913. Allí fue artista, poeta, modelo y una presencia difícil de separar de su propia obra. MoMA la describe como una pionera del Dada estadounidense y recuerda también cómo buena parte de su producción personal y colaborativa quedó eclipsada por la de sus contemporáneos.

Una artista que no terminaba donde terminaba la obra

Elsa construía obras con objetos encontrados y trabajaba con readymades, pero una parte fundamental de su producción fue la poesía. Publicó textos en The Little Review y utilizó un lenguaje fragmentado, absurdo y experimental, llegando a combinar y romper palabras para construir otras nuevas.

Pero probablemente lo más radical de ella era que no parecía existir una frontera demasiado clara entre la artista y la persona.

Su aspecto prolongaba su práctica. Utilizaba objetos, materiales encontrados y accesorios poco convencionales, y era conocida en Nueva York por una apariencia que muchos contemporáneos consideraban excesiva o excéntrica. Según la documentación conservada por MoMA, ella misma entendía esa apariencia como parte de su obra.

En otras palabras: Elsa no necesitaba entrar en un museo para empezar a hacer arte.

Aquello encajaba perfectamente con Dada.

El movimiento había surgido durante la Primera Guerra Mundial como una ruptura con muchas de las normas que hasta entonces parecían definir el arte. No existía un único estilo dadaísta: podía adoptar la forma de poesía absurda, collage, actuación, ensamblaje, provocación o utilización de objetos cotidianos. Lo importante era cuestionar las convenciones que determinaban qué debía considerarse arte y cómo debía comportarse un artista.

Elsa parecía vivir precisamente en ese territorio.

God, Elsa von Freytag-Loringhoven y Morton Schamberg

Elsa von Freytag-Loringhoven y Morton Schamberg, God, 1917. Fotografía en gelatina de plata. The Metropolitan Museum of Art, The Elisha Whittelsey Collection, The Elisha Whittelsey Fund, 1973. Imagen CC0 / dominio público.

MoMA conserva, por ejemplo, su Dada Portrait of Berenice Abbott, realizado aproximadamente entre 1923 y 1926. La obra combina gouache, pintura metálica, barniz, papel, cuentas de vidrio, objetos metálicos, tela y otros materiales. No funciona como un retrato tradicional: es dibujo, objeto y acumulación al mismo tiempo.

Y aun así, durante mucho tiempo fue más sencillo recordar a Elsa como «la Baroness», una excéntrica de Greenwich Village, que situarla con el mismo peso que otros nombres de la vanguardia.

1917: un urinario aparece en una exposición

En la primavera de 1917, la Society of Independent Artists preparaba en Nueva York su primera gran exposición.

La organización había decidido que no habría un jurado que seleccionara las obras: los artistas que cumplieran las condiciones de participación podían presentar su trabajo.

Entonces apareció un urinario de porcelana.

Había sido colocado de una manera distinta a aquella para la que había sido diseñado, llevaba escrita la firma “R. Mutt 1917” y recibió el título Fountain.

La organización decidió no mostrarlo.

Marcel Duchamp, que había participado en la fundación de la Society of Independent Artists, dimitió después del rechazo. Poco después llevó el objeto al fotógrafo Alfred Stieglitz, que realizó la imagen que acabaría convirtiéndose en el principal testimonio visual del Fountain original.

El urinario de 1917 desapareció poco después. No sabemos con certeza si fue destruido o simplemente se perdió.

Fountain, fotografiada por Alfred Stieglitz en 1917

Fountain, 1917, atribuida a Marcel Duchamp. Fotografía del objeto original realizada por Alfred Stieglitz. Publicada en The Blind Man, 1917. Imagen de dominio público.

Lo que vemos actualmente en museos no es aquel objeto.

Décadas después, Duchamp autorizó diferentes reproducciones. El Philadelphia Museum of Art conserva una versión realizada en 1950, la más antigua de las catorce réplicas conocidas a tamaño completo. El museo señala además que Duchamp había comenzado anteriormente a reproducir Fountain en miniatura dentro de su Box in a Valise (Boîte-en-valise).

La desaparición del original resulta casi perfecta para una obra que iba a convertirse en símbolo de una pregunta mucho mayor: ¿hace falta que el artista fabrique físicamente un objeto para que ese objeto pueda convertirse en arte?

En 2004, esa influencia recibió una confirmación casi simbólica. Una encuesta realizada a 500 profesionales del mundo del arte —entre ellos artistas, críticos, comisarios y marchantes— situó Fountain como la obra más influyente del arte moderno, por delante de Les Demoiselles d’Avignon de Picasso y Marilyn Diptych de Andy Warhol.

Pero existe un problema.

Más de un siglo después, todavía discutimos quién realizó realmente el gesto que convirtió aquel urinario en Fountain.

La carta que complica la historia

El 11 de abril de 1917, Marcel Duchamp escribió desde Nueva York a su hermana, la artista Suzanne Duchamp.

La correspondencia existe y está documentada en los archivos vinculados a Duchamp.

En ella, Duchamp explica que una amiga suya había enviado, utilizando el pseudónimo masculino Richard Mutt, un urinario de porcelana como escultura.

Ese documento es una de las razones fundamentales por las que la historia tradicional de Fountain ha sido cuestionada.*

Duchamp no escribe el nombre de esa amiga.

No dice que fuera Elsa.

Tampoco explica quién escribió físicamente “R. Mutt”, quién eligió el urinario ni quién tuvo inicialmente la idea de enviarlo como obra.

Solo sabemos que, en una carta escrita pocos días después de los acontecimientos, Duchamp habló de una amiga que lo había enviado.

Décadas después, investigadores como Irene Gammel plantearon que aquella mujer podría haber sido Elsa von Freytag-Loringhoven.* Otros autores han desarrollado posteriormente esa hipótesis e incluso han defendido que Elsa debería ser considerada autora o coautora de Fountain.*

La propuesta se apoya en varios indicios, aunque ninguno constituye por sí solo una prueba.

Elsa pertenecía al ambiente de vanguardia neoyorquino y trabajaba con objetos encontrados y readymades. Algunos defensores de la hipótesis señalan además sus vínculos con Filadelfia durante aquel periodo y han relacionado esa circunstancia con el posible origen del urinario o de su envío.*

También se ha señalado un posible juego lingüístico en la firma “R. Mutt”. Armut significa «pobreza» en alemán, la lengua materna de Elsa, y algunos investigadores han sugerido que la semejanza podría haber sido deliberada.* La explicación tradicional del nombre, por otro lado, lo ha relacionado con J. L. Mott Iron Works y también se han propuesto conexiones con la popular tira cómica Mutt and Jeff.*

Ninguna de estas interpretaciones permite resolver la cuestión.

No demuestran que Elsa comprara, firmara, enviara o concibiera Fountain.

Otros historiadores y especialistas en Duchamp han rechazado la atribución a Elsa o han señalado que las evidencias conocidas no permiten identificarla como la “amiga” de la carta.*

Y ese sigue siendo el punto esencial:

no sabemos quién era aquella mujer.

¿Entonces Fountain es de Duchamp?

La tentación es convertir la historia en algo muy sencillo.

Elsa tuvo la idea. Duchamp se la apropió. Fin.

Pero las pruebas que conservamos no permiten contarla así.

Y además existe una paradoja todavía más interesante.

El propio concepto del readymade consiste precisamente en separar la creación artística de la fabricación manual.

El urinario no lo fabricó Duchamp. Tampoco lo habría fabricado Elsa.

Era un objeto industrial.

Entonces, ¿dónde empieza la obra?

¿En quien encuentra el objeto?

¿En quien decide utilizarlo?

¿En quien escribe “R. Mutt”?

¿En quien lo envía a una exposición?

¿En quien lo presenta dentro del mundo artístico?

¿O en quien, durante décadas, lo convierte en parte de una reflexión más amplia sobre qué puede ser arte?

No sabemos quién realizó cada uno de esos pasos en 1917.*

Lo que sí sabemos es que Duchamp tuvo un papel fundamental en la historia posterior de Fountain. La defendió dentro del contexto artístico en el que apareció, quedó vinculada a su concepto del readymade y, cuando el original ya había desaparecido, autorizó nuevas versiones de la obra. El Philadelphia Museum of Art continúa atribuyéndola a Marcel Duchamp, al igual que otras grandes instituciones.

Eso hace que llamar simplemente a Duchamp «ladrón» sea tan poco riguroso como ignorar la carta que él mismo escribió.

La verdadera historia es más incómoda.

Existe una atribución consolidada a Duchamp.

Existe un documento contemporáneo en el que Duchamp dice que una amiga envió el urinario.

Y no tenemos todavía una prueba que permita unir definitivamente esa amiga con Elsa.

Elsa sin el urinario

Quizá lo más injusto sería que, después de haber pasado buena parte del siglo XX a la sombra de otros artistas, Elsa solo consiguiera regresar a la historia gracias a un objeto atribuido a un hombre.

Porque su importancia no depende de demostrar que Fountain fuese suyo.

Elsa von Freytag-Loringhoven creó obras con objetos encontrados y readymades, escribió poesía experimental y convirtió su propia apariencia y comportamiento en parte de una práctica artística radical.

Lo hacía en un momento en el que muchas de esas formas todavía no estaban consolidadas dentro del vocabulario habitual del arte.

En Nueva York tuvo dificultades para obtener ingresos por su trabajo y fue frecuentemente tratada como demasiado excéntrica o excesiva. Durante años, su amiga, la escritora Djuna Barnes, intentó escribir una biografía sobre ella que nunca llegó a terminarse. Una recopilación extensa de la poesía de Elsa no apareció hasta 2011.

Murió en París en 1927, con 53 años.

Hoy su obra está presente en instituciones como el Museum of Modern Art de Nueva York, y su posición dentro del Dada estadounidense ha sido objeto de una recuperación académica mucho mayor.

Tal vez la controversia alrededor de Fountain haya servido para que volvamos a pronunciar su nombre.

Pero quedarse únicamente con el urinario sería olvidarla por segunda vez.

Claude McKay y Elsa von Freytag-Loringhoven

Claude McKay y Elsa von Freytag-Loringhoven, antes de 1928. Bain News Service. Library of Congress Prints and Photographs Division. No known restrictions on publication.

Notas sobre los puntos no demostrados o discutidos

* Infancia de Elsa. Las biografías modernas describen una relación familiar profundamente conflictiva y, especialmente, graves problemas con su padre. Es posible reconstruir parte de esta etapa mediante testimonios y materiales biográficos, pero no está documentada con el mismo grado de seguridad que su actividad artística posterior. Por eso aquí se ha reducido a «una vida familiar difícil» y no se han incluido detalles más dramáticos como hechos indiscutibles.

* La autoría de Fountain. La atribución institucional dominante continúa siendo Marcel Duchamp. Philadelphia Museum of Art, Tate y otras colecciones presentan la obra bajo su nombre. Sin embargo, existe un debate académico sobre si Elsa von Freytag-Loringhoven pudo participar en su concepción o envío.

* La carta del 11 de abril de 1917. La carta de Marcel Duchamp a Suzanne Duchamp está documentada. Duchamp habla en ella de una amiga que, utilizando el nombre masculino Richard Mutt, había enviado un urinario como escultura. La carta no identifica a Elsa.

* Elsa como la “amiga”. La identificación de esa amiga con Elsa es una hipótesis desarrollada por investigadores modernos. No existe actualmente un documento de 1917 que diga explícitamente que Elsa compró, firmó o envió Fountain.

* Elsa y Filadelfia. Algunos investigadores que defienden la posible participación de Elsa en Fountain han utilizado sus vínculos con Filadelfia durante ese periodo como parte de la reconstrucción de los acontecimientos y han tratado de relacionar el urinario con esa ciudad. Estos argumentos han sido cuestionados y no deben presentarse como hechos establecidos.

* “R. Mutt” y Armut. Algunos investigadores han señalado la semejanza entre “R. Mutt” y la palabra alemana Armut («pobreza») como posible indicio relacionado con Elsa. Se trata de una interpretación posterior: no existe documentación de 1917 que confirme que ese fuese el origen o significado de la firma.

* El origen de “R. Mutt”. La explicación tradicional ha relacionado el nombre con J. L. Mott Iron Works, mientras que también se ha señalado una posible referencia a la tira cómica Mutt and Jeff. El significado preciso de la firma no está establecido de forma concluyente.

* El origen del urinario. La identificación exacta del fabricante y modelo del urinario fotografiado por Alfred Stieglitz ha sido objeto de discusión. Algunos argumentos utilizados para atribuir la obra a Elsa dependen de esa identificación, pero no existe consenso suficiente para utilizarla como prueba de autoría.

* La firma “R. Mutt”. No está demostrado quién escribió físicamente la inscripción en el urinario original.

* Quién tuvo la idea. Tampoco está demostrado quién concibió inicialmente la propuesta de presentar el urinario como obra. Las fuentes institucionales tradicionales atribuyen la selección y presentación a Duchamp; la carta de Duchamp introduce una contradicción que explica buena parte del debate actual.

* Investigaciones posteriores. Algunos investigadores han defendido la participación de Elsa e incluso su autoría; otros especialistas han rechazado esas conclusiones por considerar que las pruebas disponibles son insuficientes. No existe consenso académico que permita atribuir definitivamente Fountain a Elsa.